El póster del Che, crucifijo de los progres, lució presumiblemente durante la mocedad en el dormitorio de gran parte de los miembros de la vieja guardia roja que, so pretexto de apoyar al juez Baltasar Garzón, hicieron el pasado martes prácticas de tiro contra el Tribunal Supremo en la Universidad Complutense. Es de imaginar al menos que la imagen de Guevara colgara sobre el tálamo del alguien con tanto talento para la guerrilla como el secretario de Estado de política territorial, Gaspar Zarrías, presente en el acto en el que la concurrencia advirtió a los del día de autos de que en España se conduce por la izquierda.
Su asistencia no es fruto del descuido. Este sastrecillo valiente nacido en Madrid y criado políticamente en Andalucía es incapaz de dar una puntada sin hilo. Por lo pronto, ha conseguido de nuevo que descargue sobre él la ira de la caverna. Contra Zarrías ha disparado específicamente el presidente del PP, Mariano Rajoy, quien, tras criticar el despropósito que constituye que un alto cargo del Gobierno haya participado en el linchamiento político en grado de tentativa contra los jueces, ha pedido la cabeza del número dos de Chaves. De momento se la dan.
El PSOE no utilizará la guillotina contra su cuarto hombre porque es consciente de que la cabeza de Zarrias no es un cabeza Ikea. Está demasiado bien amueblada. Cierto que su mensaje político está trufado de consignas baratas, pero su frases no son tablas sueltas, sino ebanistería al por mayor que tiene buen acomodo en las entendederas del pueblo llano, quien digiere entusiasmado la prosa de yunta de este socialista con posibles que se vende como representante de los parias, aunque en realidad tenga una patrimonio que supera al de la clase media y le aproxima al de la burguesía.
De lo que se deduce que Zarrias es encantador en su doble acepción: en el trato y de serpientes. Es asimismo un buen polemista y un extraordinario fajador. Los chuzos de punta lanzados por la oposición devienen en llovizna cuando impactan en su piel. Así, salió indemne, cuando no reforzado, de la acusación de votar con los pies en el Senado y de urdir un pucherazo para que en su circunscripción, Jaén, Almunia ganara a Borrell las primarias. Tales irregularidades han degenerado con el tiempo en anécdotas y, en lugar de trabar su proyección, agigantan su figura.
De hecho, ahí está hoy, en la órbita orgánica más próxima a Rodríguez Zapatero, en el núcleo duro, codeándose con Blanco, otro animal político de raza con quien es de prever que trace el futuro del PSOE cuando de las urnas salgan sapos en lugar de votos. Una de las cualidades de Zarrías es precisamente su capacidad para ubicarse en el lugar adecuado. En los triunfos y en las debacles siempre está bien situado, lo que le permite coger timón tanto cuando el viento le favorece como cuando sopla en contra.
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